Hoy nos toca escribir unas palabras que nunca hubiéramos querido escribir.
Con enorme tristeza despedimos a nuestro compañero Pedro Bueno, que ha fallecido el pasado 18 de octubre. Y, aunque el dolor de su pérdida es inmenso, queremos recordarle cómo vivió: con compromiso, con pasión, con convicciones firmes y con una capacidad extraordinaria para acompañar a las personas y construir esperanza allí donde parecía más necesaria.
Pedro formó parte de La Liga durante más de dos décadas. Durante todo ese tiempo fue el responsable del Área de Cooperación, liderando un trabajo que dejó huella en numerosos países y en miles de personas. Su labor contribuyó a impulsar procesos de transformación social en El Salvador, Perú, Colombia, Ecuador, Senegal o los campamentos saharauis de Tinduf, entre otros muchos lugares. Allí quedan también sus amistades, sus aprendizajes compartidos y el cariño de entidades socias como CIDEP, Planeta Paz, Kallpa o Tarea, que hoy le recuerdan como alguien cercano, comprometido y profundamente humano.
Pero sería imposible resumir a Pedro únicamente a través de los proyectos, los cargos o los años de trabajo. Pedro era, ante todo, una persona que creía profundamente en la capacidad de las personas para cambiar la realidad. Un leal defensor de los derechos humanos y de la justicia social, alguien que entendía la cooperación no como una profesión, sino como una forma de estar en el mundo.
Fue de esas personas que no dejaban indiferente a nadie. Capaz de incomodarnos con una reflexión necesaria y, apenas unos minutos después, arrancarnos una sonrisa. Gran conversador, magnífico tertuliano y compañero de incontables debates, el activismo lo llevaba hasta sus últimas consecuencias, siempre fiel a sus principios y siempre dispuesto a defender aquello en lo que creía.
Quienes tuvimos la suerte de compartir trabajo y vida con él sabemos que, más que un soñador, era un auténtico planificador de sueños. No se conformaba con imaginar un mundo más justo: dedicaba su energía a construirlo, paso a paso, proyecto a proyecto, persona a persona. Arropaba, acompañaba y generaba espacios colectivos para que pudieran alzar la voz quienes durante demasiado tiempo no habían tenido la oportunidad de hacerlo.
Su trayectoria estuvo siempre marcada por ese empeño. Desde sus primeras experiencias en Chile donde fundó la revista Trauko (=Resistencia) junto con Antonio Arroyo y su pareja Inés Bagú, hasta sus últimos años en La Liga, Pedro entendió que la cooperación consistía, sobre todo, en caminar junto a otras personas. Y eso fue lo que hizo toda su vida: caminar junto a comunidades, organizaciones, educadores, jóvenes, mujeres, niños y niñas, escuchando, aprendiendo y construyendo de manera colectiva.
El legado que deja es inmenso. Está en la apuesta decidida por la prevención y atención de la violencia de género en Perú. Está en la promoción de la inclusión y el acceso a una educación de calidad para personas vulnerables y personas con discapacidad en El Salvador. Está en el impulso a procesos de paz, participación juvenil y fortalecimiento comunitario en Colombia. Está en las numerosas casitas de niñas y niños puestas en marcha en El Salvador, en las Casas de las Hadas creadas en Cusco y en la Amazonía peruana para la protección de niñas y adolescentes frente a la violencia, en la residencia que permitió a tantas jóvenes continuar sus estudios universitarios, en la formación de docentes, en la mejora de recursos educativos y en tantas otras iniciativas cuyo impacto seguirá vivo mucho tiempo.
Pero quienes le conocieron saben que su mayor legado no se mide solamente en proyectos o resultados. Se encuentra en las personas. En quienes aprendieron de él. En quienes encontraron apoyo cuando lo necesitaban. En quienes recibieron generosamente sus conocimientos, sus ideas y su tiempo. En quienes descubrieron, gracias a su ejemplo, que el compromiso puede ejercerse sin perder la alegría, la cercanía ni el sentido del humor.
Porque Pedro sabía disfrutar de la vida. Sabía celebrar los pequeños momentos, construir amistades duraderas y encontrar siempre un espacio para compartir una conversación, una reflexión o unas porras en la cafetería de debajo de la oficina. Tenía esa rara capacidad de combinar la profundidad de sus convicciones con una mirada optimista y vitalista que contagiaba a quienes estaban cerca.
Y cuando las dificultades parecían demasiado grandes o los ánimos flaqueaban, siempre encontraba la forma de recordarnos por qué estábamos allí. Muchos y muchas seguimos escuchando su voz diciendo aquella frase que repetía con convicción y una sonrisa en la boca y que hoy resuena con más fuerza que nunca:
“La lucha contra la pobreza no descansa”.
Hoy no despedimos solamente a un compañero de trabajo. Despedimos a un amigo. A una persona generosa, inspiradora y profundamente buena. A alguien con quien compartimos esfuerzos, desafíos, sueños, complicidades y afectos. A alguien que dejó una huella imborrable en La Liga y en todas las personas y organizaciones que tuvieron la suerte de cruzarse en su camino.
Pedro deja un vacío enorme, pero también un legado aún mayor. Su ejemplo seguirá acompañándonos cada vez que defendamos los derechos humanos, cada vez que apostemos por la educación, la igualdad y la justicia social, y cada vez que recordemos que los cambios más importantes se construyen colectivamente.
Gracias, Pedro, por tu compromiso, por tu amistad, por tu humanidad y por enseñarnos que otro mundo no solo podía imaginarse, sino también construirse.
Te echaremos mucho de menos. Trataremos de no ser lúmpenes y seremos tenaces caminando por las sendas que ayudaste a abrir y buscaremos espacios pipi pipi donde recordarte.
Hasta siempre, compañero.
Tus compañeras de la Liga Española de la Educación.
19 de octubre de 2026.











