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Cuando un bus itinerante recorre comunidades rurales andinas llevando información sobre derechos sexuales y reproductivos a adolescentes para prevenir el embarazo adolescente; cuando una asociación de mujeres en la selva accede a información sobre leyes y rutas de atención para prevenir la violencia en niñas, adolescentes y mujeres de sus comunidades amazónicas; o cuando un grupo de jóvenes en un barrio popular de Lima recibe formación técnica que le abre las puertas del primer empleo, detrás de esos logros casi siempre hay una historia compartida: la de una comunidad, un Estado y una cooperación internacional que decidieron caminar juntos.

Desde nuestra organización, la Asociación Kallpa, con 36 años de trabajo en territorios peruanos junto a comunidades indígenas y periurbanas, gobiernos locales y regionales y socios internacionales, queremos sumar una voz, entre muchas otras en el mundo, en defensa de la cooperación al desarrollo. No lo hacemos para señalar a nadie ni para entrar en polémicas políticas, que sabemos delicadas y distintas en cada país. Lo hacemos porque creemos que vale la pena recordar, con hechos concretos, qué es lo que está en juego cuando esta herramienta se debilita.

Una historia de resultados, no solo de buenas intenciones

La cooperación internacional muchas veces se percibe desde fuera como un gesto de caridad. La experiencia en el terreno cuenta otra cosa: es una inversión compartida que multiplica capacidades. En Perú, la cooperación técnica ha respaldado durante años cientos de proyectos en ámbitos como la reducción de la desnutrición infantil, la gestión del riesgo de desastres, el fortalecimiento de sistemas de justicia y seguridad ciudadana, la protección de las niñeces y adolescencias o la promoción de la igualdad de género.

Un estudio reciente de la Coordinadora de Entidades Extranjeras de Cooperación Internacional (COEECI) mostró que una parte muy mayoritaria de los proyectos que ejecutan las organizaciones privadas de cooperación en el país está directamente alineada con las prioridades nacionales de desarrollo. Es decir, la cooperación no camina al margen de los Estados: camina con ellos.

Esa es, quizás, la primera idea que quisiéramos poner sobre la mesa: la cooperación al desarrollo no sustituye al Estado ni compite con él. Lo complementa. Llega a donde los presupuestos públicos aún no alcanzan, ensaya soluciones innovadoras que después pueden convertirse en política pública y tiende puentes entre sociedades que, aun con lenguas, culturas y realidades distintas, comparten desafíos comunes: las desigualdades, la salud pública, la migración o el cambio climático.

Lo que se pierde cuando se debilita la cooperación

Sabemos, porque nos lo cuentan nuestras contrapartes en distintos países, que este no es un problema aislado de Perú ni de un solo continente. En España, algunas comunidades autónomas han recortado de forma drástica sus fondos de cooperación en los últimos meses. En otros países europeos, como Suiza, Bélgica y Austria, también se observan tendencias de reducción. Y en varios países de América Latina, incluido el nuestro, se han impulsado en los últimos años normas que buscan fiscalizar con especial dureza a las organizaciones que reciben financiación internacional, generando más trabas administrativas que garantías reales de transparencia, algo que ya ha merecido observaciones de relatores especiales de Naciones Unidas.

No compartimos este panorama para lamentarnos, sino para subrayar algo que nos parece importante: cuando la cooperación se debilita, quienes primero lo sienten no son las organizaciones, sino las comunidades. Es la mujer que dejará de recibir acompañamiento legal frente a la violencia; las niñas y adolescentes que se quedarán sin espacios seguros —como Urpi Wasi o la Casa de las Hadas Amazónicas— para aprender jugando y protegidas de las violencias; o la persona emprendedora que perderá el acceso a asistencia técnica para fortalecer su pequeño negocio y seguir aportando al desarrollo de su país.

La cooperación internacional, cuando funciona bien, no crea dependencia: forma capacidades locales que, con el tiempo, ya no la necesitan. Debilitarla antes de tiempo no ahorra recursos a largo plazo; los desperdicia.

Una invitación a mirar hacia adelante

Por eso, más que insistir en lo que se pierde, preferimos poner el acento en lo que se puede construir. Y ahí tenemos algunas convicciones que nos gustaría compartir con quienes toman decisiones, en cualquier país.

La transparencia y la eficacia son aliadas, no enemigas, de la cooperación. Las organizaciones que trabajamos con fondos internacionales rendimos cuentas, medimos impacto y estamos dispuestas a mejorar. Fortalecer los mecanismos de transparencia es bienvenido; utilizarlos como excusa para asfixiar el trabajo social, no.

La cooperación es política de Estado, no de gobierno. Los mejores resultados que hemos visto en más de 35 años de trabajo en Perú provienen de programas que sobrevivieron a distintos gobiernos porque respondían a necesidades reales de la población, no a la agenda de turno. Blindar la cooperación frente a los vaivenes electorales es una tarea que corresponde a toda la sociedad, no solo a quienes gobiernan.

Los resultados hablan mejor que los discursos. Frente a la desconfianza, la mejor respuesta de las organizaciones sociales es seguir mostrando, con evidencias y testimonios, lo que la cooperación efectivamente logra: escuelas que fortalecen su gestión, autoridades locales que identifican necesidades y promueven cambios, mujeres y jóvenes que emprenden y comunidades mejor preparadas frente a situaciones de violencia.

La cooperación Sur-Sur y Sur-Norte se necesitan mutuamente. En Kallpa lo vemos también en nuestra propia experiencia. Metodologías y materiales educativos que hemos desarrollado en Perú, como nuestras propuestas de educación sexual integral y prevención del VIH, reconocidas en su momento por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) entre los mejores materiales de América Latina, han servido de referencia para procesos similares en otros países de la región. Además, formamos parte de redes regionales de organizaciones de la sociedad civil donde compartimos aprendizajes, herramientas y estrategias con contrapartes de distintos países latinoamericanos. Ese intercambio de doble vía demuestra que la cooperación no es una relación de dependencia, sino de aprendizaje compartido entre sociedades.

Un cierre en positivo

Escribimos este artículo no para defender a ninguna organización en particular, sino para poner en valor una forma de trabajo —la cooperación internacional al desarrollo— que durante décadas ha demostrado que las alianzas entre pueblos pueden traducirse en resultados concretos y medibles.

Confiamos en que, tanto en España como en Perú, así como en cualquier otro país del mundo donde hoy se debate su futuro, será posible encontrar el camino para que la cooperación siga siendo lo que mejor sabe ser: un puente entre sociedades que, trabajando juntas, logran más de lo que lograrían por separado.

Desde Perú, seguimos con la puerta abierta para seguir construyendo ese puente, junto a todas las organizaciones hermanas que, como la Liga Española de la Educación y la Cultura Popular y sus contrapartes en distintos países, creen que existen diversas formas de hacer cooperación, que estas importan a todas las partes y que es posible impulsar transformaciones reales sumando voluntades.

Un artículo de Rocío Roncal Rojas, Directora ejecutiva de Asociación Kallpa.