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Opinión

Un 25 de noviembre más: poco que celebrar y mucho que protestar

Por Ana Rodríguez Penín, Secretaria de Igualdad de la Liga de la Educación.

El Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer tenemos la obligación de recordar que esta violencia es, según Naciones Unidas, la primera causa de muerte para la mitad de la población mundial en los años de juventud. Y tenemos la obligación de protestar por ello. También tenemos la obligación de recordar que en 2018, aquí mismo, 44 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas, según el obsoleto concepto de violencia de género que se mantiene oficialmente frente a las recomendaciones del Convenio de Estambul que obligaría, por ejemplo,  a considerar víctimas de violencia de género a las 89 mujeres (y 10 niños y niñas según datos de Feminicidio.net) que han sido asesinadas por el hecho de ser mujeres. Y tenemos la obligación de protestar por ello.

Sin embargo, hace sólo unos meses nos preguntábamos si el éxito que se adivinaba detrás de la convocatoria del 8M podría dar lugar al empoderamiento colectivo de las mujeres.  ¿Conseguiríamos dar un salto cualitativo en nuestra capacidad para cambiar las reglas del juego, para que la causa de igualdad y de la lucha contra las violencias hacia las mujeres por el hecho de serlo se convirtiera en la causa de toda la sociedad y, sobre todo, de todos los poderes del Estado? Y por un momento pareció que la toma de conciencia de las situaciones de desigualdad y discriminación se había generalizado y con ella el camino hacia la igualdad real. Pero, apenas había pasado un mes, cuando la sentencia de la Manada nos volvió a sacar a las calles porque, una vez más, los tópicos sobre las mentiras de las mujeres, las indefiniciones legales de los abusos sexuales y el concepto de violación y las interpretaciones de la ley nos devolvían a la cruda realidad: la fuerza del patriarcado reside en las mentes y en las instituciones, se extiende y se transforma, pero no desaparece. No basta con cambiar las leyes ni con firmar pactos, no basta con manifestaciones y protestas, pero son indispensables.

El éxito de las candidaturas de mujeres en las últimas elecciones norteamericanas, por ejemplo, nos indican la importancia de tomar conciencia del peligro que supone el ascenso al poder de hombres que hacen gala de su misoginia siempre que tienen ocasión. Por eso es indispensable cada día el rechazo al machismo exhibicionista y faltón que presume de rebelde frente a lo “políticamente correcto” y que incendia las redes sociales desde  tribunas públicas o  privadas. No podemos olvidar que los Derechos Humanos, los Derechos de la Infancia y especialmente los Derechos de las Mujeres van de la mano de la calidad de la democracia. Por eso tenemos que trabajar intensamente contra la “normalización” y aceptación de las conductas machistas por parte de la juventud como si se tratara de un fenómeno natural. Y por esa razón desde la Liga Española de la Educación y la Fundación CIVES hemos radicalizado nuestra propuesta educativa: hay que ir a la raíz, empezar desde el principio, desde la infancia. Ese es el fundamento de nuestras campañas y programas: CONOCE, EDUCA, PROTEGE.  Educar en igualdad, contra los prejuicios y la discriminación.